Del 1 de septiembre al 4 de octubre de 2026
«Y sucederá que dondequiera que pase el río, todo ser viviente que en él se mueve, vivirá. Y habrá muchísimos peces, porque estas aguas van allá, y las otras son purificadas; así vivirá todo por donde pase el río. Junto al río, en su orilla, a uno y otro lado, crecerán toda clase de árboles que den fruto para comer. Sus hojas no se marchitarán, ni faltará su fruto. Cada mes darán fruto porque sus aguas fluyen del santuario; su fruto será para comer y sus hojas para sanar». (Ez 47: 9,12)
La visión de Ezequiel replantea el agua —el elemento más básico de la vida— como un agente divino de renovación, justicia y esperanza, una fuerza vivificante que brota del santuario de Dios.
El símbolo representa el agua que brota del Templo de Dios: al principio es un pequeño arroyo que se va haciendo cada vez más profundo y, al hacerlo, da vida a zonas muertas y devuelve la fertilidad a ecosistemas dañados o áridos. A través del agua viva llega la sanación; pero para recibir nueva vida, también nosotros debemos sumergirnos en el agua y formar parte del río de vida de Dios, participando así en la sanación de la creación.
Tal y como afirma el Papa León XIV a propósito de este Tiempo de Creación, “la justicia ambiental — proclamada implícitamente por los profetas— ya no puede considerarse un concepto abstracto ni una meta lejana. Es una necesidad urgente que implica mucho más que simplemente proteger el medio ambiente. Porque se trata de una cuestión de justicia: social, económica y humana. Para los creyentes, es también un deber que nace de la fe, ya que el universo refleja el rostro de Jesucristo, en quien todas las cosas fueron creadas y redimidas”.