La dimensión profética de la vida consagrada es una presencia que permanece junto a las personas y los pueblos, en lugares donde el Evangelio se vive a menudo en condiciones de fragilidad y prueba.
Este “permanecer” asume diferentes rostros y esfuerzos. Ahí donde se pone a prueba la confianza y la esperanza, es donde la presencia fiel, humilde, creativa y discreta se convierte en un signo de que Dios no abandona a su pueblo.
Este permanecer no es sólo una elección personal o comunitaria, sino que se convierte en una palabra profética para toda la Iglesia y para el mundo.
En este permanecer se expresa la profecía de la vida consagrada.