Describir lo que hemos vivido estos dos días en Barcelona resulta casi imposible. Basta contemplar lo que, a lo largo de esta semana, hemos seguido en la visita del Papa León a Madrid, Barcelona y Gran Canaria. No pretendo que estas palabras sean más que una sencilla reflexión nacida del corazón, porque solo sus palabras, en este momento, alcanzan toda la profundidad que requiere el momento.
Han sido días cargados de simbolismo: gestos, palabras, imágenes, música y oración. Alzar la mirada ha supuesto una verdadera aventura para millones de personas. Ese gesto de ir más allá de uno mismo nos está haciendo mucho bien. Esta visita del Papa ha rejuvenecido nuestro corazón y ha fortalecido aquello que el paso del tiempo había ido agrietando, en todos los ámbitos: familiares, eclesiales, congregacionales, políticos, académicos, laborales, profesionales… Y en todas las edades, desde los más pequeños que tantas veces los hemos visto “volar” hasta León, hasta los más grandes, incluso el dolor compartido, la escucha y atención que les prestamos a los otros nos hermana y nos fortalece, nos hizo bien mirarlo. Este sentir “con Él, en Él y por Él” se está convirtiendo en un auténtico oxígeno para nuestra vida eclesial.
La eucaristía en la Sagrada Familia, junto con la bendición de la torre de Jesucristo, fue una experiencia profundamente vivida y compartida. La majestuosidad de la basílica, elevándose hacia el cielo de Barcelona, nos hizo vibrar, no en vano, Gaudí es llamado el “arquitecto de Dios”. Estar allí era casi un sueño: podíamos rozar el cielo con los ojos de la fe. Dios está aquí.
La armonía de las voces llenaba el templo y creaba el clima necesario para que las palabras del Papa no quedaran en eco vacío, sino que descendieran al corazón. Cada uno ha recogido semillas de este viaje papal, y ahora estamos llamados a acogerlas, digerirlas y rumiarlas con mirada de fe, confiando en que darán fruto.
Asistimos sin pensarlo a una “nueva primavera bellísima” en la que todo vuelve a renacer. Las columnas de Gaudí, como grandes árboles, sostienen la fe de una Iglesia que camina en medio de un mundo convulso. Las bienaventuranzas vuelven a florecer: no como un recuerdo lejano, sino como una realidad viva. Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. Todos, absolutamente TODOS, tienen cabida, como tantas veces recordó el Papa Francisco.
El Venerable Gaudí realizó una obra sin prisa, intuyendo su dimensión eterna. Su arquitectura trasciende el tiempo, las culturas, los límites del entendimiento. Nos congrega, nos acoge y nos humaniza, nos hace piedras vivas del Evangelio. Nos impulsa a buscar y a generar caminos de justicia de paz, de diálogo y nos invita “a alzar la mirada” hacia la luz verdadera, CRISTO, la que hoy pugna por abrirse paso y está gestando el mañana. ¿Será este el Milagro de Gaudí?
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“Primer l´amor després la tècnica”
A. Gaudí
María José Condomina. HNSC