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Hna. Ana María Acosta: el rostro cercano de la Consolación

Sábado, 24 Octubre 2026

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Tafí Viejo, Argentina, 9 de septiembre de 1952 – San Miguel de Tucumán, Argentina, 24 de octubre de 2026

Con esperanza en la Pascua, despedimos a nuestra querida Hna. Ana María Acosta, dando gracias al Señor por su vida, por su generosa entrega y por el bien que sembró a lo largo de su camino en la Familia Consolación.

Ana María fue presencia de Consolación en Argentina, Chile, Perú, España y Venezuela. En las distintas comunidades donde vivió, se distinguió por su sencillez, su generosidad y su espíritu incansable de servicio. Siempre atenta a las necesidades de los más pobres, se desvivía por hacerlos sentir bien, queridos y cuidados, entregándose a ellos con una dedicación que nacía de su amor al Señor y a la Virgen.

En la Casa Madre, en España, y en Venezuela, cuidó con profunda devoción y ternura a nuestras Hermanas Mayores. Su delicadeza en el trato, su abnegación y su entrega cotidiana hicieron visible esa caridad que sabe reconocer en cada persona su dignidad y su humanidad.

Ana María tenía un don especial para encontrarse con los demás y establecer vínculos de cariño y amistad. Personas de distintas edades y condiciones sociales —pobres y ricos, jóvenes y ancianos— la conocieron, la quisieron y valoraron profundamente. Su cercanía dejaba huella, y su presencia hacía que muchos se sintieran acogidos y acompañados.

También las hermanas más jóvenes recibieron de ella un valioso testimonio de vida consagrada. Aprendieron de su trato delicado, de su caridad hecha servicio, de su capacidad de escucha, de sus palabras de ánimo y de su manera sencilla y abnegada de estar al lado de quienes necesitaban cuidado y consuelo.

Quienes compartieron la vida con ella recuerdan a una hermana agradecida por cada servicio encomendado, amante de la vida y dispuesta a hacer el bien sin demora. Una mujer sencilla y caminante, que supo convertir los pequeños gestos cotidianos en oportunidades para cuidar, acompañar y consolar.

Hoy sentimos su partida y, al mismo tiempo, agradecemos tanto bien recibido y compartido. Su vida nos recuerda que la consolación se hace concreta en la cercanía, en el cuidado atento, en la escucha y en el amor que se entrega sin reservas.

Querida Anita María, gracias por tu vida, por tu entrega generosa y por tantas huellas de cariño que quedan en quienes tuvimos la gracia de conocerte y caminar contigo. Te confiamos al abrazo misericordioso del Padre, con la esperanza de la Pascua y la certeza de que el bien sembrado seguirá dando fruto.

¡Hasta siempre, querida Anita! Permaneces en nuestro corazón y en la memoria agradecida de nuestra Familia Consolación.

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