Hay días que se preparan en silencio. Durante nueve jornadas, la Familia Consolación ha caminado junto a María: la vimos quedarse sola tras la partida del ángel, sosteniendo preguntas sin respuesta inmediata, y entrar en el Templo llena de alegría, sabiendo que el futuro traería también dolor. Siempre el mismo gesto: parar, hacer silencio, y buscar a Dios ahí, en lo que no se entiende del todo.
Hoy ese camino se hace fiesta, termina en fiesta.
Porque celebrar es reconocer todo lo recibido: la vida que se nos regala cada mañana, la comunidad que nos sostiene, la familia que nos recuerda quiénes somos, y esa consolación de Dios que llega, casi siempre, a través de otra persona.
Como Familia Consolación, seguimos siendo parte de una historia que comenzó con María Rosa Molas y que sigue viva cada vez que alguien se acerca al que sufre o escucha sin prisa.
Que la alegría de hoy se convierta en fuerza para vivir con más hondura, más ternura, más vida.
¡Feliz fiesta, Familia Consolación!